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Guillermo Farré
27/02/2004 00:00:00
Con su disco 1972, Josh Rouse ha conseguido sacar cabeza y desmarcarse de la saturada escena de grupos y solistas agrupados bajo la etiqueta de Americana, sonido en el cual se diluían sin apenas trascendencia mediática sus tres primeros trabajos.
Es su producción elegante y trabajada la causante de que el disco traspase los límites del género, acariciando por momentos el soul y el soft-pop de principios de los setenta, convirtiéndolo en el por ahora punto más alto a nivel artístico de su carrera. Consciente de ello, Rouse centró su concierto en la sala El Sol de Madrid en este último álbum, que repasó, canción a canción y prácticamente en orden, guitarra en mano y, escoltado por Daniel Tashian (hijo de Barry Tashian, lider de la mítica banda de los 60, The Remains), un segundo guitarra también en las labores de melódica y coros.
Semejante desnudez, que contrastaba con la riqueza instrumental de 1972, ponía a prueba la fuerza y la validez de las canciones en su formato embrionario. Éstas, en lugar de caer en la ramplonería y el mimetismo, se hicieron grandes, revelando una vida mucho más allá de ornamentos orquestales, gracias sobre todo a una magnífica voz y a la honestidad que emana Josh Rouse, que conectó con un público activo y entregado que fue aplaudiendo con fervor todas las canciones, incluidas su versiones de Neil Young y los Smiths durante los bises.
Rouse puede sonar a estos y a mil artistas más, pero se puede percibir un respeto por sus antepasados musicales, siendo las canciones de 1972 un claro ejemplo, ya que en el fondo son un homenaje a un sonido añejo que en sus manos, en lugar de oler a usado, huele a maestría en el manejo de su particular coctelera de la historia del pop.
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