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Por Andrés Rodríguez, director de Rolling Stone
Andrés Rodríguez - 24-06-2002 :
Cuando era más joven estuve algunos días preocupado por el orden de mis vinilos. Como el personaje de John Cusack en la película Alta Fidelidad, me preguntaba: ¿Orden alfabético o cronológico? Apenas tenía una treintena de álbums, pero mi relación con aquellas 600 canciones era tan intensa que su desorden me hacía daño. No existía en el mundo nada más misterioso que aquel plástico negro de 33 cms. de diámetro capaz de contener sonidos que llegaban a estremecerme.
Entonces los piratas se vendían en formato casete, con las carátulas fotocopiadas en papel de colores, y su precio variaba en función de si la cinta era coreana, de ferro, de cromo o de metal.
Me gastaba la paga en discos. Buscando gangas descubrí en las rebajas de los grandes almacenes un estante con vinilos olvidados, cuyo precio descendía en proporción a las sucesivas etiquetas de descuento que ilustraban sus carátulas.
¿Que debía estar más cerca de mi cama: el Rapper´s delight de Sugar´s Hill Gang o Whatever you want de Status Quo? Si estaban sucios me sentía mal y si el canto acartonado del lomo se deterioraba, impidiendo la lectura de las referencias, pensaba que un día acabarían dejando de sonar. Aquella posibilidad me empujó a pensar que llegaría el día en que debería comprarlos por duplicado.
Cambié totalmente el orden de la habitación cuando en las páginas de "Vibraciones" leí que la calefacción central podía estropear mis placas. Los discos tenían una vida limitada y pronto aprendí a comprar en los puestos del Rastro madrileño advirtiendo aquellos accidentes que podrían hacer saltar la aguja de mi giradiscos.
Entonces los piratas se vendían en formato casete, con las carátulas fotocopiadas en papel de colores, y su precio variaba en función de si la cinta era coreana, de ferro, de cromo o de metal. Una mañana de primavera me di cuenta de que algunas de aquellas canciones proporcionaban un efecto medicinal y que, elegidas con un poco de criterio, podían subirme la moral antes de un examen complicado, o embalsamar el insomnio en las noches llenas de cuadros sinópticos. De madrugada, si subías suficientemente el volumen, arropado por uno de esos auriculares de medio coco y cable en espiral, un par de segundos antes de que comenzase la canción ya escuchabas los primeros acordes, protagonizando una íntima psicofonía. Aún hoy, cuando pido un par de huevos fritos, no puedo evitar acordarme del sonido de la aguja (¿Zafiro o Diamante?) navegando por aquellos surcos sin sonido, repletos de ruido de sartén friendo algo.
Me gastaba la paga en discos. Buscando gangas descubrí en las rebajas de los grandes almacenes un estante con vinilos olvidados, cuyo precio descendía en proporción a las sucesivas etiquetas de descuento que ilustraban sus carátulas. Más de una vez me fui a casa orgulloso de mi faceta de arqueólogo al haber encontrado un chollo discográfico que las dependientas ignoraban. ¡Si ella supiera que lo que me llevo es el disco más importante de The Clash! Más tarde me di cuenta de que a aquella señorita lo único que le importaba era sacudirse el almacén de encima. De esta manera el primer descubrimiento me enganchó y me pasaba los días más calurosos al fresquito del aire acondicionado, buscando piezas de vinilo olvidadas. Llegué incluso a comprarme una docena de discos de efectos especiales. Y me pasé una semana escuchando los diferentes silbidos de las locotomoras inglesas, muerto de risa por la colección de carcajadas de uno de aquellos vinilos.
Ya trabajaba como periodista cuando un día recibí en casa el primer CD de promoción. Fue So de Peter Gabriel y no pude hacer nada con él porque no tenía reproductor, pero recuerdo la frialdad de su caja de plástico. Tardé un par de meses en investigar el precio de los reproductores y con muchas dudas de que ese nuevo formato, indestructible, fuese realmente a sustituir a los vinilos, busqué en el mercado de segunda mano alguién más osado que me vendiese uno más barato. Al fin compré un discman portátil a un bajista chileno, cuya novia de pelo rizado, aburrida en el salón de su apartamento, ignoró mi presencia juvenil y acabó años más tarde de cantante-profesora presentando un concurso de televisión que tiene muy preocupados a los mismos fabricantes de aquellos vinilos que a mí me hicieron soñar despierto.
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