Bob Dylan y yo partimos de puntos totalmente distintos. La primera
vez que oí hablar de él, yo ya estaba en un grupo de rock &
roll. No sabía casi nada de la música folk. No me daba cuenta de
la diferencia que estaba marcando como compositor. Recuerdo que alguien me puso
Oxford Town, del disco The Freewheelin. Pensé: Ahí
está pasando algo. Su voz me parecía interesante. Pero no
lo entendí del todo hasta que empezamos a
tocar juntos [con The Band]. Es un poderoso cantante y un gran
actor musical, con muchos personajes distintos en la voz. Había
escuchado el mensaje de sus primeras canciones.
| Cuando tocábamos, le decíamos: ¿Cómo
lo terminamos?. Y contestaba: Ah, bueno, cuando se acabe se acaba |
Es muy emocionante que alguien con cosas que decir cante de forma tan poderosa.
Pero lo que me marcó fue el profundo efecto que la calle había tenido
sobre él. Había una dureza especial en su forma de tratar las canciones
y los personajes que aparecían en ellos. En cierta forma, era una rebelión
contra la pureza del folk. En Like a Rolling Stone o Ballad of a
Thin Man no se andaba con medias tintas: era el rebelde rebelándose
contra la rebelión.
No tardé en darme cuenta de que la gente con la que Bob disfrutaba
no eran precisamente músicos. Eran poetas como Allen Ginsberg. Su forma
de componer nacía directamente de una enorme in. uencia poética
de la que tomaba la licencia para utilizar imágenes que no estaban dentro
de la tradición del rock. Le vi interpretar Desolation Row y Mr.
Tambourine Man en sus conciertos acústicos de 1965 y 66. Nunca
había visto nada igual cuánto era capaz de transmitir con
tan solo una guitarra y una armónica, y cómo la gente se dejaba
llevar, acompañándole en esos viajes. La primera vez que vi a alguien
escribir sus canciones en una máquina
de escribir fue cuando estuvimos en Nashville en 1966 grabando
Blonde on Blonde. Cuando llegábamos al estudio solía estar
terminando
las letras de alguna de las canciones que íbamos a grabar. Oía la
máquina clic, clic, clic, ring
iba a todo velocidad; había
un montón de cosas que decir.
Y cambiaba partes durante las sesiones. Se le ocurría algo nuevo e intentaba
incorporarlo. Eso también me lo enseñó pronto. Nosotros
éramos músicos de banda. Necesitábamos saber dónde
iba la canción, cuáles eran los cambios de acorde. A Bob nunca le
gustó ensayar. Estaba acostumbrado a hacer las canciones solo, con su guitarra.
Cuando tocábamos con él, le decíamos: ¿Cómo
lo terminamos?. Y contestaba: Ah, bueno, cuando se acabe se acaba.
Paramos y punto. Nos preparábamos para cualquier cosa. Era una sensación
fantástica. Pensábamos: Vale, la cosa puede complicarse en
cualquier momento,
y estamos preparados.
Lo más importante de todo lo que aprendí de Bob es que está
bien romper las reglas tradicionales de lo que se supone que tienen
que ser las canciones: la duración, lo imaginativo que puedes llegar a
ser al contar la historia... Era fantástico que alguien abriera las
puertas a todas las posibilidades. Algo de lo que no creo que la gente sea consciente
es de que para componer de esa forma, para que todas esas ideas encajen en esas
melodías, tienes que ser un gran escritor. Él escribía de
una forma especial. Conseguía transmitir sus historias sin forzarlas, se
adaptaban tan fácilmente a la música que podías sentarte
a disfrutar y nunca se te ocurría cuestionarlas. Y muchas veces adoptaba
una actitud en la voz que funcionaba perfectamente en un disco determinado. Recuerdo
cuando tocó Nashville Skyline para mí. Me impresionó
el personaje que se había inventado para aquella canción.
Creo que Bob siente pasión por los retos, por conseguir cosas que le hagan
sentir bien, y seguir siempre adelante, como hace ahora. Las canciones que está
escribiendo son tan buenas como siempre. Son de una honestidad maravillosa. Escribe
sobre lo que ve y siente, sobre quién es. En los setenta
pasamos mucho tiempo juntos. Y sé que Blood on the Tracks refleja
lo que le estaba pasando en aquellos momentos. En sus canciones nos cuenta cosas
sobre sí mismo. Se pone delante de un espejo y te hace ver más claro
de lo que nunca has visto.
Por cómo le conozco, creo que Bob nunca ha querido ser nada más
que un buen cantante. Dudo mucho que comparta la opinión de quienes piensan
que ha tenido un profundo efecto sobre la cultura y la sociedad. Supongo que,
ahora mismo, Bob estará pensando simplemente: Espero ser capaz de
escribir otra buena canción.
Dylan es un buen barómetro para los nuevos cantantes y compositores.
Cuando crean que han escrito algo bueno deberían escuchar una de sus canciones.
Siempre será un referente para medir la calidad del trabajo. Y ése
es uno de sus mayores logros.
|