Todas las generaciones de rockeros necesitan
tener claro por qué empezaron a tocar, y estos
cuatro falsos hermanos de Queens tenían un planteamiento
casi perfecto. Su aspecto -vaqueros raídos, zapatillas
atas, cortes de pelo descuidados y chupas de cuero era
una especie de versión de cómic de la actitud
vital de unos tipos duros del rock. Cuando empezaron,
tocaban sólo lo que sabían tocar, y les
funcionó. Eligieron la velocidad en lugar de la
complejidad. Querían ser los Beach Boys y Alice
Cooper. Se situaron sin complejos contra los enigmáticos
juegos del rock progresivo, los solos interminables y
los sintetizadores sinfónicos. La música
de los Ramones no contenía adulterantes y apenas
se les podía califcar de adultos, con esas letras
que hablaban de esnifar pegamento o de pelearse con bates
de béisbol.
Apenas se les podía calificar
de adultos,
con esas letras que hablaban de esnifar
pegamento o pelearse con bates de béisbol |
Los Ramones tenían tan clara su identidad que
durante dos décadas el único cambio fue
un continuo incremento en su intensidad. Johnny era
el severo; Dee Dee era el directo, la vitalidad; Tommy
era el productor y, como todo buen productor, sabía
que un buen tema siempre empieza por la batería;
Joey era el corazón.
A estas alturas, todos han dejado el grupo o el planeta.
Sirva esto de homenaje a Joey y Dee Dee, que ya son
inmortales en más de un sentido. Recuerdo una
tarde, en el backstage de algún festival
en Nueva Inglaterra. Joey y yo hablábamos de
cualquier cosa, de guitarras, de música
Hubo un alto en la conversación y miramos a nuestro
alrededor, silenciosos en medio del bullicio eléctrico,
y contemplamos hasta dónde nos había llevado
el rock & roll esa tarde maravillosa, interpretando
la música que amábamos.
|