
Asistir a un concierto de Pereza es siempre un gusto para los sentidos. Más aún en Buenos Aires, a donde los40.com viajó con el dúo madrileño para acompañarlo en la aventura de presentar en directo las canciones de su nuevo disco, Aviones, un compendio de 17 temas de soberbio rock en constante mutación. Por SELENE MORAL
Ya desde la publicación Baires en agosto de este año, se presagiaba algo especial. Aviones se editaba en un formato muy cuco en libro, CD y DVD, y para celebrarlo daban un concierto gratuito en Madrid. Un mes después, el dúo estrella del rockanroll patrio escoge la capital del tango para presentar este trabajo por amor al arte... y a Buenos Aires.
Y es que, el directo de un disco que va de aviones, de viajes, de check in y check out, y más teniendo en cuenta el miedo a volar de Leiva, de amor y de historias de rock, no podía arrancar en un sitio mejor que Buenos Aires, que se torna ya un pequeño gran foco de seguidores de la banda. Sería la primera de las fechas de su gira Puro Teatro, que les llevará a recorrer la geografía española los próximos meses y volverá a cruzar el charco en noviembre con cuatro fechas confirmadas.
El 24 de septiembre embarcamos en el vuelo nocturno de Aerolíneas Argentinas. 12 horas después aterrizamos en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza en la provincia de Buenos Aires, no sin un buen jet lag en el cuerpo (llegaríamos hacia las 5:45 de la madrugada, las 10:45 de la hora española). Nos alojamos en el Hotel Panamericano, en el centro de la ciudad, frente al famoso Obelisco de la Plaza de la República. La banda pernoctaría en el hotel contiguo, el Colón. Un espléndido desayuno de medias lunas con café, un intenso día de turismo, un buen asado, una maratón de entrevistas y un espectáculo de tango después (cenorrio incluido) partimos para el hotel a descansar el queme de la que sería la jornada más larga de nuestra estancia en la ciudad.
El 25 de septiembre es el día D, que amanece fresco pero radiante (los argentinos acaban de instalarse en la primavera y apenas han contado unos días de calor semanas atrás). La banda tiene la mañana libre para concentrarse en el tempranero show: el Teatro Metropolitan acogería pasadas las 6 de la tarde la presentación de sus nuevas canciones. A las 16:00 nos plantamos en la sala para asistir a la prueba de sonido, donde es fácil contemplar cómo Rubén y Leiva se afanan en pulir el nuevo sonido de la formación, más de banda, más acústico y más estremecedor.

Mientras tanto, fuera, más de cien seguidores conforman una hilera a la espera de ocupar los mejores asientos. A muchos de ellos les había recomendado Pereza algún familiar que residía en España, otros los conocían por ser ‘teloneros de’ y unas chicas confesaron haberlos descubierto escuchando Los 40 Principales. Pocos minutos para los primeros acordes de Leones, la primera de las joyas que Rubén y Leiva habían preparado para encandilar al público argentino, que ya iría más que predispuesto a corear la viejas y nuevas canciones. Asomaba el alma de unos primigenios Tequila y el reflejo de un seductor Calamaro, y aquellos dos flacuchos nos hicieron saber que iban más que sobrados de técnica y repertorio, en el que no incluyeron su primer pelotazo, Princesas, pero sí recientes, como Estrella polar o futuros, 4 y 26, Amelie o Violento Amor. Es un regalo para los sentidos verles contentos y moviéndose a gusto en una nueva puesta en escena, intimista y recogida en la que recuperan la cercanía con su público. Porque Pereza son una suma, una compenetración de dos almas rockeras que en esta aventura recobran el palo más folk de sus composiciones. El broche final llega con los bises, Superjunkies y Señor Kioskero y con la satisfacción del trabajo bien hecho, de que Argentina les quiere. Si no, atención a la salida del espectáculo: decenas de seguidores esperándoles para saludarles e inmortalizar el momento.
Para celebrar el éxito de su primer concierto, acompañamos a Pereza y su banda al reservado de un garito en Buenos Aires, el Ultra. La noche no acababa más que empezar. Charlamos, bebemos y pasamos inmenso calor. Los chicos proponen movernos a un club en el 878 de la calle Tames. Para llegar, unos cuantos cogemos un taxi que está a punto de estrellarnos un par de veces. Con la alegría de estar vivos en el cuerpo, llegamos al lugar, un sitio muy cuco rollo Londres o NY. Unas cervezas y unos gin tonics después, Leiva se acerca para charlar un rato. Está contento y tremendamente agradecido. Confeso lector de la revista Rolling Stone, nos habla con entusiasmado sobre la nueva banda, su mejor amigo de la infancia y otros relatos que ahora parecen haberse desvanecido por mi mala cabeza.
A pesar de la resaca de la fiesta conseguimos amanecer el sábado 26, el día del retorno. Aprovechamos para hacer unas compras de última hora: unos alfajores, unos imanes para la nevera. A las 17 tendríamos que estar saliendo para el aeropuerto. En la sala de espera, una montaña de fundas de guitarras y demás chamarra anuncian a Pereza. Mientras Rubén ojea el periódico, Leiva mata el tiempo tocando algunos temas clásicos que no tardamos en corear. Ésta es sin duda, una de las imágenes más entrañables que conservo en la cabeza de mi encuentro con dos grandes del rock español.